Con la palabra de estandarte
 
Mis creaciones literarias
Instantes de memoria
Lo que me afana
FRAGMENTOS LITERARIOS
Caminos de experiencia
Con la palabra de estandarte
Con la palabra de estandarte
 
Soñando otra orilla
 
Esa combinación de signos mágicos con los que podemos formar palabras,es la muestra fehaciente de que, aun siendo animales, tenemos el don de la comunicación verbal para diferenciarnos de nuestros "hermanos menores", aunque a veces también aprendemos muchas cosas de ellos, porque su "lenguaje" es claro, sencillo y desprovisto de toda hipocresía.
Estos días grises

Llegó sin que apenas nos diéramos cuenta; sigilosamente como quien quiere sorprendernos con alguna travesura infantil
después de la cena. El cielo plomizo, ese aire tibio del atardecer, las altas copas en eterno vaivén, la búsqueda obsesiva de una silla vacía en las mesas de algún café citadino, los uniformes escolares correteando juntos su energía interminable, fardo de libros a la espalda y zapatos
recién estrenados pateando todo lo que encuentran a su paso; son síntomas de que ya está aquí, y que, como cada año, viene
para quedarse tres meses entre nosotros. El anuncio de que estaba próxima su llegada lo vimos en cada amanecer de este septiembre gris; lo adivinamos en esas frías ráfagas de aire azotando los cuellos resecos del verano moribundo, y a cada nuevo síntoma nos fuimos adaptando para recibirle con cierta displicencia y resignación. Comenzamos por alargar las mangas de la camisa, nos colgamos al cuello (por si acaso) el jersey rescatado del fondo de algún cajón atiborrado de lanas, cueros y mantas enrolladas, y con la mirada puesta en la alegría navideña, la nieve de Manzaneda y los mariscos de Nochebuena,le abrimos la puerta de los ojos para que entrara sin tocar y se pusiera cómodo en la alcoba de nuestro conformismo cotidiano. ¡Qué ironía!, mientras nosotros vamos añadiendo "coberturas" a nuestra piel de frialdad compulsiva, la naturaleza se va quedando desnuda y desprovista de atavíos ostentosos. Las calles muestran a ambos lados la danza silente de esqueletos resignados a sufrir los embates del fríoinvernal, sabiendo que la primavera les dotará con un nuevo traje de luces multicolores, y de nuevo iluminarán cada palmo de piel en los surcos negros de la gran ciudad.
Es otoño, la estación de la naturaleza melancólica, de las miradas tristes y solitarias; época de volver los ojos ardiente verano, rememorar el sol tropical del asueto de agosto, bañarse de nostalgia añorando alguna playa de finas arenas, cabalgar el potro indomable de la aventura al umbral del subconsciente, llorar junto a las sandalias, el bañador y las gafas oscuras viendo como la lluvia golpea en los
cristales, querer romper los almanaques al oír el fatídico ulular del viento en las rendijas. ¡Y qué decir de los estudiantes universitarios! Se les ve cabizbajos, meditabundos, con un ¡qué tal...! entrecortado cada vez que se encuentran con los compañeros del año pasado. Otros andan como perdidos en el laberinto de pasillos, preguntan por el aula o la facultad "tal" y a cada paso van dejando evidencias
ineludibles de su "noviciado" en el mundo universitario. De cualquier manera, y como siempre, en cada esquina del campus vuelve a vibrar la risa sonora de una garganta joven, se elevan carcajadas de ilusiones sobre las gruesas paredes educativas y un indomable tañido de tambores resuena en los altares del pecho; son augurio de que la vida comienza su andadura por los caminos de la experiencia y la ansiada adultez.
En estos días del último trimestre del año, los rostros se tornan rojizos, las manos huyen a esconderse en los bolsillos, las hojas se convierten en una interminable alfombra amarilla, los atavíos se adecúan al termómetro, cambian los colores del
atardecer temprano, el viento hincha sus pulmones para hacerse notar (a veces implacablemente) en cada jornada; sin embargo, hay cosas que no se ven afectadas por los cambios estacionales, y las pateras del riesgo en la mirada seguirán cruzando el estrecho, los desempleados (convertidos en simple estadística) continuarán tocando nuevas puertas en busca de alivio para su mal, los enfrentamientos entre políticos de bandos antagónicos no cesarán en sus butacas de terciopelo, y a las puertas de muchos supermercados seguiremos viendo manos extendidas balbuceando "una monedita, por favor", sin importar eneros, agostos o noviembres.
La verdad es que "estos días grises... me ponen triste". A pesar de todo, Otoño: bienvenido seas.
Revista Auria Nº 89, Sep. 2004
 
Un pueblo de altura

Regueiro, el pueblo gallego donde me crié, es una aldea situada a 800 m. s.n.m., atravesada por la carretera que comunica las ciudades de Ourense y Pontevedra (N-541), allí, muy cerca de la sierra del Testeiro y del mítico y olvidado pueblo de O Paraño. En este rincón de eterno verdor y agua cristalina, el viento sopla intensamente todo el año, que aminora el bochorno de los ardientes veranos, pero se vuelve implacable en el período invernal. La primavera es la estación más hermosa, cuando los montes se visten de blanco y los árboles semejan un jardín multicolor en las calles y campos de este pedazo de paraíso en la montaña. Tiene menos de 200 habitantes, de los que la mitad está en la emigración, en México, USA, Panamá, Alemania, Suiza, Venezuela, Brasil, Canadá, e incluso Australia; por lo que se podría decir que es un pueblo multilingüe y multirracial y ya muy poucos pueden afirmar ser verdaderos regueirenses; quizás por eso allí nadie se siente forastero, y sólo la pregunta obligada de los lugareños puede descubrir su origen: ¿Y tú, de qué familia eres?


Tecléame algo
Tú, yo y la comunicación: el trío perfecto.